¿PORQUÉ NO IMPORTA LA GESTIÓN DE PERSONAS?

José Manuel Gil Vegas © Sinergos

Seamos realistas, en las empresas y organizaciones públicas no se dirige bien a las personas. Es un aspecto de la gestión empresarial con muchos déficits y sino pregúntenselo a los empleados y funcionarios. El cuestionario para averiguarlo es muy simple, no hace falta ningún sofisticado estudio de clima laboral: con dos preguntas es suficiente: ¿Te sientes satisfecho y realizado en tu trabajo? Y ¿Crees que  estás aportando a la organización que te contrató todo lo que eres capaz? Atrévanse los directivos a hacer tan inocentes preguntas a sus colaboradores y estarán, creo, de acuerdo conmigo en la afirmación con la que hemos comenzado este artículo.

Pero constatado esto, la pregunta importante es ¿POR QUÉ? Bueno, seguramente podemos encontrar muchas hipótesis: en las facultades de gestión empresarial no le damos la suficiente importancia, en consecuencia no se sabe hacerlo mejor, la disciplina es joven, etc.

Por ello precisamente hemos organizado en la ESTE el 9º Aula de Gestión de Recursos Humanos, con un diseño innovador: cuatro jornadas dedicadas a los cuatro aspectos básicos de la gestión de personas: la gestión del conocimiento, la gestión de la innovación, la gestión de las habilidades y la gestión de las emociones.

Pero es que en las organizaciones tampoco se percibe una sensibilidad suficiente, no hay preocupación por el tema, no se ven ganas de mejorar de verdad y sí que se percibe una tendencia a pensar que está bien así, a pesar de que cualquier directivo que se precie ha debido de pronunciar al menos una vez en su carrera esa vacía frase de “en esta empresa lo importante son las personas” , que luego no se traduce en nada coherente con ella.

Y sobre esto tengo una hipótesis que quiero compartir con ustedes: imaginemos que hablamos del manejo de cualquier aparato o tecnología compleja: un avión por ejemplo (hoy  están compuestos de múltiples ordenadores y debe ser algo muy complejo a la vista del salario que reclaman los pilotos). Para pilotarlo es necesario al menos una carrera de grado medio, unos costosos y duros estudio especializados, unas horas de vuelo y prácticas, dominio de idiomas, reconocimientos médicos periódicos, inspecciones de control, actualizaciones permanentes, etcétera.  Y eso para dirigir un aparato que tiene una característica: la fiabilidad. Es decir que siempre que se acciona el mando del alerón derecho, éste reacciona moviéndose de forma inmediata y segura. Y esto ocurre siempre, salvo avería.

Pero ahora imagínense ustedes que los aviones tuvieran, por ejemplo, emociones. Es decir, que el piloto tuviese que dirigir un avión que tiene miedos (miedo a aterrizar, por ejemplo), que tuviese ilusión por hacer algo concreto (una maniobra determinada, por ejemplo), que tuviese desconfianza, expectativas, deseos, iniciativa propia, creatividad, inseguridad, etc....¿Se imaginan que complicación?. En vez de pilotar a los aviones habría que convencerles, negociar con ellos, motivarles, no frustrarles, enseñarles cosas, etc. Me temo que los pilotos todavía pedirían más aumento de salario.

Bueno, pues en todas nuestras empresas e instituciones tenemos todos los días a personas que deben enfrentarse la complejísima tarea de dirigir personas: el “sistema” más complejo del universo  y eso lo hacen pertrechadas con: una formación básica o nula (en ingenieros, por ejemplo no se explica nada de esto), eso si, mucha ilusión y buena voluntad  por su parte (en el mejor de los casos), algunas lecturas y algunos cursillos (que en ningún caso son obligatorios como para los pilotos) y ...nada más. En forma de un eslogan para un anuncio sería algo así como “maneje el instrumento más complejo del mundo sin necesidad de formación”.

Y la razón de esta situación es clara: cuando un avión se estrella resulta un incidente muy llamativo: fuego, costes elevadísimos, inspecciones gubernamentales, etc... pero cuando una persona, por haber sido mal dirigida, se “quema”, no se entera nadie y tendemos a pensar que no pasa nada. Solo se produce en su cabeza un pequeño cambio en la forma de pensar, pero sus consecuencias son terribles: ya no aporta a la empresa sus mejores ideas, ya no sonríe a los clientes, ya no se involucra en el proyecto que tiene entre manos, ya le da “un poco igual” y ya no considera a la empresa o institución “como suya”. Estos “pequeños” inconvenientes no importarían sino tuviéramos que competir. ¡Claro que como todavía hay muchas instituciones y algunas empresas que no saben lo que es esto de verdad!