La ética como reto en las organizaciones

Esther Litago Sola © Sinergos

"Sólo hay buenos motivos para mantener sus propios principios éticos, pero no hay ningún motivo bueno para olvidarlos a la ligera" Gandhi

Si algo caracterizó a Gandhi, fue que eligió la verdad y la sinceridad como principios fundamentales de su vida. Su papel como luchador por la verdad, fue fruto de su niñez, de su educación y de la propia realidad que sufría.

Si cada uno de nosotros hiciera una autocrítica sincera, a medida que nos hacemos adultos, actuamos ante determinadas situaciones de una manera que podríamos definir como poco ética: mentiras piadosas, pequeños engaños, falsedades en nuestros actos, evasión de los problemas... Puede que nos cueste reconocerlo, pero probablemente la mayoría de nosotros ha actuado así alguna vez, y lo peor de todo, es que seguramente lo hemos justificado como si fuera una situación excepcional o de provecho personal para alguien o para nosotros mismos.

En un entorno tan complejo como el que actualmente viven las organizaciones, la ética y la competitividad parecen ser términos que se sitúan en polos opuestos. Por un lado, las empresas definen su visión, misión y valores como señas de identidad y desarrollo, y por otro, ponen en práctica una serie de políticas que podríamos definir como agresivas, persiguiendo únicamente el enriquecimiento acelerado.

Son los beneficios, ya sean económicos, personales o de cualquier otra naturaleza, la respuesta inmediata que tienen los directivos para muchas de las preguntas que se plantean en el día a día. La duda se produce cuando se quiere saber qué es y cuál es ese beneficio, y cómo obtenerlo. Es decir, muchos ejecutivos colocan por encima de la ética y los valores, sus objetivos personales y los resultados financieros de la compañía, y no son conscientes de que la ética empresarial también es fuente de ventajas competitivas: genera mayor rentabilidad y valor para el accionista, para el cliente interno y externo, y para la sociedad en su conjunto, puesto que facilita retener a los mejores, fomentar el espíritu de pertenencia, incrementar el nivel de compromiso y cohesionar a las personas de la organización.

La Revista Fortune, en su selección de las 100 mejores empresas donde trabajar, sugiere que existe una estrecha relación entre aspectos intangibles -como el liderazgo, la innovación, la cultura y los valores - y el rendimiento y los resultados tangibles de la empresa.

Otras encuestas, confirman que la buena imagen de la empresa facilita la contratación y retención de talentos y favorece el mayor compromiso de sus empleados con los objetivos empresariales. Pero es cierto, que muchas organizaciones han evolucionado y cambiado en este sentido, es decir, se ha pasado de organizaciones con normas rígidas y cultura autoritaria, a organizaciones más dinámicas y flexibles con todo lo que ello implica.

La ética no debe ser considerada únicamente como un valor añadido dentro de la empresa. Debe estar presente en todas las personas que integran la organización, debe ser una constante en su día a día, de tal manera que se constituya una empresa más humanista: más creíble, más eficiente, más segura, más íntegra, más rentable, más coherente, más saludable, con una sólida cartera de clientes y una buena fotografía social y empresarial.

Cada organización, y particularmente, cada persona, se comporta de manera diferente. Cada uno de nosotros somos únicos. No obstante, existen patrones de conducta y principios que pueden servirnos para darnos cuenta de la necesidad de actuar éticamente tanto en nuestro entorno personal como en nuestro entorno laboral:

1. Lo que somos no se demuestra con palabras, sino por lo que hacemos: según el filósofo Descartes “la verdad tiende a manifestarse en una lengua clara e inequívoca”.

2. La integridad genera credibilidad: si con nuestras acciones nos hemos ganado la confianza de nuestro equipo, de nuestros colaboradores, de las personas de nuestro entorno, es mucho lo que hemos conseguido. Hemos demostrado ser directivos de fiar, compañeros y amigos en los que confiar.

3. Disfrute y pasión: mantenerse vivo, divertirse con lo que hacemos y creemos, y además, ser entusiasta, supone no sólo dar lo mejor de nosotros, sino también abrir un abanico inmenso de posibilidades que permiten generar mayor valor y sentido en lo que hacemos.

4. Autocríticos: admitir nuestros defectos, nuestros errores y nuestras equivocaciones, así como, creer en nuestras fortalezas, es parte importante del conocimiento que cada uno tiene de sí mismo. Comportarnos tal y como realmente somos, significa ser personas auténticas. Nos sentimos mejor con nosotros mismos cuando nuestras relaciones con los demás se basan en la honestidad y sinceridad, es decir, nacen, crecen y se sostienen dentro de lo que realmente somos y no bajo falsedades o superficialidades vagas.

Estos principios podrían venir acompañados de otros muchos, – prudencia, justicia, honestidad - pero por el momento pueden servirnos para realizar nuestras primeras reflexiones y descubrir por nosotros mismos el verdadero sentido de lo que hacemos tanto en nuestra vida profesional como personal. Y en nuestra empresa ¿tenemos líderes éticos? ¿Es un reto empresarial para el Siglo XXI?